sábado 12 de marzo de 2011

El individuo y las minorías

"La menor minoría en la Tierra es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales, no pueden llamarse defensores de las minorías.
- Ayn Rand

sábado 18 de septiembre de 2010

Doscientos años buscando identidad (192 en Independencia).

El plano y cacofónico recurso discursivo originado en las fiestas patrias del bicentenario no logra amainar los lugares comunes que, desde siempre, hemos tenido que soportar de los medios de comunicación, políticos y “artistas”. Sin dudas, vemos un Chile agarrotado por las dérmicas y etéreas frases que nos develan los mismos miembros del stablishment criollo (son muy rascas para ser tratados como élites), dónde las descripciones “oficiales” de la identidad nacional (para no decir impuestas) recaen desde la desmesurada solidaridad kreutzbergeriana hasta el insustancial recurso chovinista de buscar un miserable record Guiness, verbigracia.

Aquél discurso nos trata como meros espectadores de procesos realizados por una misma oligarquía, dónde los créditos recaen en los regentes de turno, pero jamás en los nobles habitantes de la república. Y, por otra parte, hay una persistencia en otorgar un culto ferviente a líderes pasados, cuando la fisonomía nacional es, en esencia, impersonal (tal como pensaba Portales); el revival, o bien, el refrito nacional es evidente en estos días: Mientras la DC se esmera en revivir a Frei Montalva, el PS persiste en hacer una apología ad aeternam de Allende y, como si fuera poco, la derecha (con la venia a regañadientes de la UDI) hace lo mismo con Alessandri Rodríguez y sus “valores republicanos”.

Ese es el leit motiv de nuestro bicentenario; la perpetua búsqueda de nuestra real identidad nacional. Y, claro, han hecho de esto un fetiche imposible de abandonar por parte de este grupo. Revientan los moldes y estereotipos sociales, dónde el cura es pedófilo, el huaso es un bruto, el conservador es un oprimido sexual, el liberal es un libertino, el homosexual es un maricón desinhibido, el pobre es un infeliz que vive de subsidios, el rico es un cerdo egoísta, el trabajador es un flojo y el empresario es un explotador, etcétera. Eso si, no son explícitos en desarrollar la idea (mejor dicho, sofisma), pero – al menos – lo manifiestan en todas las expresiones culturales existentes en Chile (las teleseries chilenas son campeonas en explotar la contradicción rico/pobre, feo/bello, enemigo/amigo).

Para todos los efectos, el perfil social lo determina el mismo stablishment chilensis. Ya somos, ex ante, clasificados por los medios (ya no es necesario tener a Zalo Reyes para discernir quienes son cuicos y quienes son rotos, por ejemplo) y nos meten al mismo saco. El discernimiento carece de un sustrato factual, ha sido impuesto; por ello ahora hay que acostumbrarse a la idea de catalogarnos dentro de una tribu social, red social, club social o cualquier otra excusa que tenga apellido “social”. O bien, la idea es al revés, lo “social” es el pretexto de todo este cuento; y por ello no es raro advertir esta espontánea participación, desde el escritorio, para manifestarse y asistir a estas versiones – de bolsillo – de ecologismo, pacifismo, etnicismo y todo aquello que termine con “ismo”, con el gentil auspicio del partido u ONG de turno.

Se extraña una mirada hacia el individuo, dónde cada uno de nosotros logremos manifestar una genuina identidad, de hacernos diferenciar respecto del otro. No podemos estar clasificados, más bien, capturados por un determinismo colectivo. Aquél gesto hacia la individualidad curaría la apatía que produce esta industria mediática de establecer una identidad en serie.

Entonces, si hay tanto esmero en buscar la verdadera identidad nacional, es razonable determinarla desde el individuo hasta sus organizaciones sociales. Pretender identificarla desde un perfil vertical top-down es simplificar a la persona en una dimensión caricaturesca (como si fuera poco que, para los ojos del Estado, somos un vil número) que, a final de cuentas, opera como un falaz argumento para legitimar una posición de poder determinada para generar un presunto choque de clases, credos u otra imbecilidad. Las construcciones mentales dan para cualquier cosa.

Desearía para este bicentenario una Nación compuesta por personas, no por datos estadísticos, y menos por arbitrarias segmentaciones del demagogo de turno. La esencia de una sociedad libre recae en que seamos libres para expresarnos, asumiendo las diferencias y que, de una vez por todas, manifestemos un pensamiento original (y no reproducir las sufridas letanías de los liberticidas de siempre). En suma, esta es la idea que pretendo consignar: Una persona, una Nación.

Por todos los años que vendrán, ansío un Chile configurado por tres conceptos;

Optimismo, razón y libertad.

¡Viva Chile!

Pichilemu, 18 de septiembre de 2010.

miércoles 16 de junio de 2010

Sobre el aborto

Este es un extracto de las ideas que plantee en un debate en politicastereo.tv, exponiendo mis razones para estar en contra de la despenalización del aborto.

"(...) Me declaro una persona contraria al aborto en todas sus formas, y estos son mis argumentos:

1. Negación de libertades: Quienes pretendan que la discusión supone un conflicto entre "derecho a la vida" vs. "derecho a elegir", y especialmente quienes han hecho del liberalismo como dogma para sostener esa última tesis, desconocen una contradicción vital: el respeto del "principio de no agresión". En este sentido, ¿cuál es el sentido de ejercitar nuestra libertad, si no la correspondemos, negando la determinación del feto a ejercitar su libertad de vivir? 

2. El problema del positivismo: La vida, al igual como otros derechos esenciales que son anteriores a la construcción estatal, no merece ser definida por los contornos del legislador. Sería un acto caprichoso que devenga, necesariamente, en la abolición de cualidades eminentemente humanas. Si fuera todo por una determinación formalista y positiva del legislador, estaríamos justificando las "Nürnberger Gesetze", antesala del holocausto judío, por ejemplo. 

3. Estado de necesidad: Mucho se argumenta en torno de que debe existir una justificación específica para que el facultativo interrumpe el embarazo para salvar la vida de la madre. Esto es lo que convencionalmente suele llamarse "aborto terapéutico". 

Muchos omiten y desconocen que frente a los presupuestos fácticos ya indicados, el derecho penal ha logrado (y con éxito) persuadir al juzgador para que no criminalice el actuar de un médico que pretende salvar la vida de la madre. En este sentido, se apela a dos elementos: a) que el facultativo haya ejecutado su función conforme a lo que se denomina la "lex artis" (art. 10 n°10 Código Penal) y b) el consentimiento de la paciente (o de otro a su ruego si no puede declarar su voluntad).

Si restableciéramos la figura especial, es decir, el "aborto terapéutico", como elemento justificante frente a la realización del presupuesto típico del aborto, se presta para lo que en el derecho denominamos el "fraude a la ley", lo que implica utilizar una norma de encubrimiento para consumar la conducta típica, es decir, abortar (como dice el refrán: hecha la ley, hecha la trampa).

4. Vida y su determinación: Este es un debate que aun no logra zanjarse, por mucho que se pretenda alegar que se resolvió producto de la "píldora del día después". Como muchos suelen creer, el Tribunal Constitucional jamás dirimió respecto a si la píldora era abortiva o no - deben entender que el gran punto a probar era si la fecundación o la implantación producía el bien jurídico a proteger -. 

Aquí me permito citar extractos de dicha sentencia [Rol: 704-2008]: "(...) al momento de la concepción surge un individuo que cuenta con toda la información genética necesaria para su desarrollo, constituyéndose en un ser distinto y distinguible completamente de su padre y de su madre, es posible afirmar que estamos frente a una persona en cuanto sujeto de derecho. La singularidad que posee el embrión, desde la concepción, permite observarlo ya como un ser único e irrepetible que se hace acreedor, desde ese mismo momento, a la protección del derecho y que no podría simplemente ser subsumido en otra entidad, ni menos manipulado, sin afectar la dignidad sustancial de la que ya goza en cuanto persona; (...)"

"(...) Que, para dilucidar el conflicto constitucional planteado y ante la evidencia de estar estos jueces frente a una duda razonable, ha de acudirse a aquellos criterios hermenéuticos desarrollados por la teoría de los derechos fundamentales, por ser ésa la materia comprometida en el presente requerimiento (...)"

"(..) En tal sentido parece ineludible tener presente el principio "pro homine" o "favor libertatis" definido en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos de la siguiente forma: 'Entre diversas opciones se ha de escoger la que restringe en menor escala el derecho protegido (...) debe prevalecer la norma más favorable a la persona humana' (Opinión consultiva nº 5, 1985)".

Sabemos que, producto de la ley nº 20.418, se permitió la distribución en consultorios de la "píldora del día después", pero en ningún acápite de dicha normativa se determinó el momento en que se inicia la vida (felizmente no lo hizo). Por ello, y abogando a un criterio estrictamente científico y empírico, se requiere un informe que opere como contraste a las deducciones del Dr. Croxato respecto a su tesis, de manera que por medio de contraejemplos logremos encaminar una posible salida frente al tema. 

5. Argumentos; no abusar de los estereotipos: Para sostener una posición contraria al aborto no es necesario esconderse detrás de sotanas y de encíclicas, como pretenden creer aquellos quienes estiman una posición “pro elección”.

Demostrar tener dominio del argumento no importa demoler al contradictor, caricaturizando su posición. Lo esencial es saber persuadir a quienes asisten a la discusión para deliberar en un determinado sentido, mas no demostrar quién sabe más. Por ello me permito exponer, con respeto, estos argumentos (pocos, dada la limitación del medio) para defender la vida de quienes están por nacer.

Aquí les dejo el link de una monografía titulada: El liberalismo contra el derecho al aborto: Una argumentación liberal pro-vida”, escrito por el Sr. Albert Esplugas Boter.


Saludos a todos."

martes 16 de febrero de 2010

Virgilio Pesce: Desde el "gupvi" hasta el "gulag"






Reconozco mi ignorancia respecto de ese grande que nos dejó, Aleksandr Solzhenitsyn. Únicamente una morbosa (y, a su vez, mórbida) necesidad intelectual me movió a abusar de “Wikipedia” y otros recursos análogos para conocer – en una versión muy disminuida, por cierto – a esta persona que pasó a una mejor vida el pasado tres de agosto. Y tras leer sumariamente las referencias que se hacen de él en internet, me detuve en su época más dura: la sobrevivencia en el “gulag”. ¡Paf! Inmediatamente pensé en alguien…, quien – desafortunadamente – no pude conocer (y que espero conocerlo en el orden permanente): uno de mis bisabuelos, Antonio Virgilio Pesce Zunino.


Para poner las cosas en su debido contexto, mi bisabuelo nació en la vieja provincia de Liguria del extinto “Reino de Italia” (era un “alpini”); trabajó como “carrettiere” y sirvió a su patria en la Primera Guerra Mundial. Tuvo la decisión, en su momento, de matar a un Austrohúngaro con su bayoneta, frente a frente (esa desesperada opción entre el “yo o él”); como también sufrió por las esquirlas incrustadas en su pierna después de que una granada haya estallado en el campo de batalla.


Fue un héroe de guerra, eso es indudable; lo nombraron como “cavaliere” de la Orden de Vittorio Veneto. Sin embargo, en la post guerra vivió la hambruna, la crudeza de la vida, la pobreza más dura, el dolor proveniente del cansancio y de la inanición. Vino a América con su mujer a escapar del hambre y de la miseria, buscando nuevas oportunidades; dejó atrás a “sus” amigos, a “sus” tíos y a “sus” sobrinos... Ese amado Tiglieto desaparecería de su retina por siempre.


Llegó a su nuevo hogar, Chile. Solamente Pichilemu le servía para complementar y consolar, con gran melancolía, la carencia de su Tiglieto querido. Vivió bien aquí, en Santiago; instaló un almacén, tuvo hijos y nietos... Murió en familia, logrando aspiraciones que – quizás – nunca, nunca representó. Tenía un corazón noble y puro – dicen mis familiares –, un enorme y viejo corazón que compensaba la dura y fría vivencia en la guerra y en la pobreza durante su juventud – digo yo –.


Empero, Virgilio Pesce, a pesar de estar cerca de la plenitud en la última etapa de su existencia, vivió hasta el fin de sus días con una angustia mucho más aplastante que el sonido de los fusiles en el campo de Marte. Dejó Italia sabiendo que sus dos queridos sobrinos (de quienes desconozco sus nombres) fueron forzados a servir al ejército italiano en los tiempos de la convulsionada Italia de Mussolini... Pasaron décadas en que su corazón se apretaba por no tener la certidumbre de sus vidas, y sentía la agonía de no tenerlos cerca, aunque sea por medio de un manuscrito.


La verdad desgarró como un cuchillo oxidado por la incerteza de una lejana realidad: sus sobrinos fueron capturados por el Ejército Rojo de Stalin, siendo destinados a un campo de concentración ubicado en Siberia. Murieron allí, quién sabe si de frío, de hambre o producto de las golpizas y las torturas de los funcionarios aprehensores soviéticos. Murieron en el completo anonimato, no en un “gulag” sino en un “gupvi”, realizando la misma forma de trabajo que todo disidente soviético: a la fuerza.


Era la cicatriz menos evidente de mi bisabuelo, pero perduró más tiempo que las esquirlas en su pierna. A carne viva, un dolor que se extendió en toda el alma y que únicamente el amor de los suyos pudo contra este monstruo interno; un “gupvi” que, no tan sólo se traducía en un espacio físico en la ex URSS, se guardaba en su espíritu.


Al menos, aquellos quienes estuvieron en el “gulag”, tenían una predisposición a entender que era un sistema penitenciario común para el disidente soviético (a pesar de lo inhumano); en cambio, para aquellos quienes tuvieron la mala fortuna de estar en un “gupvi”, vivieron (o murieron) alienados por la potente crudeza euroasiática, sin poder gozar de los derechos humanos que todo hombre supuestamente “occidental” hubiese reclamado.


Para ser justos, los presos del “gulag” habrán sufrido lo mismo o más, inclusive, que los detenidos en el “gupvi”; y aquí vuelve a aparecer Solzhenitsyn – ya después de haber trasnochado con su discurso en la Universidad de Harvard en el año 1978 –: quienes sobrevivieron al “gulag” soviético tuvieron el refuerzo espiritual y moral suficiente para avanzar y volver a vivir, sean víctimas o familiares de estos episodios trágicos; en cambio, en occidente, aquellos (o nosotros) que aún penamos las atrocidades ocurridas en los “gupvi”, llenamos nuestros espacios vacíos en la vaguedad de lo material, en la liberación de las masas y en las supercherías de los falsos dogmas. Dependemos impúdicamente de estos elementos y, aun así, el dolor no se mitiga: ¡Nuestra alma requiere ser liberada, clama racionalidad y pide honestidad!


Quiero pensar que don Virgilio vivió su dolor espiritual dentro de un “gulag” y no en un “gupvi”, su sencilla forma de vida y su corazón noble y bondadoso me permite insinuar que, al final de sus días, pudo encontrar esa paz con la memoria de sus sobrinos muertos en Siberia.


Él, por cierto, es la envidia y la excepción del hombre occidental actual.



Felipe E. Núñez Guardia


Agosto de 2008

martes 29 de diciembre de 2009

Los tiempos están cambiando

Lo de Marco Enríquez-Ominami, sin dudas, es un fenómeno que trasciende, inclusive, a la temporalidad política de su figura. Pues, claro está, las candidaturas sobrevivientes de la primera vuelta han hecho suya su exhortación inicial: “¡a renovar la política!”
Si bien esa sentencia infunde un profundo optimismo y vitalidad para nuestra sociedad, pareciera que dicha iniciativa de renovación tiende a ser, generalmente, vacía, incompleta y poco esencial. Mientras existan liderazgos cuyas consignas sean vetustas como el acorazado Potenkim, esta efervescencia juvenil poco y nada va a impactar en las cúpulas políticas… Y suena triste.
En todo caso, nadie puede dudar de que las cosas estén cambiando, porque la política – como la veíamos ayer – hoy dejó de ser la misma; es cosa de ver que ella no transita en un solo eje (derecha vs. Izquierda), sino que nos permitimos apreciarla, al menos, en dos líneas: en lo moral (“conservador” o “liberal”) y en lo económico (“liberal” o “estatista”). Los matices son más claros ahora.
Pero, insisto, ¿qué pasó con los nuevos liderazgos?
Bob Dylan, cuando era una joven promesa del folk estadounidense, decía en “The times they are a-changin: “Vengan nuestros padres y madres alrededor de la tierra, y no critiquen lo que no pueden entender; sus hijos e hijas están sobre su mando. Rápidamente su viejo camino se está envejeciendo; por favor, aléjense del nuevo si no pueden dar una mano, porque los tiempos están cambiando.” ¡Que oportunas son estas palabras!
Los tiempos no son los mismos: aquellos quienes creían que el poder nacía del fusil – como decía Mao Tse Tung –, legitiman la democracia liberal para salvar diferencias; quienes pensaban que el Estado era la única solución de todos los problemas, ahora destacan el importante rol que tiene el mercado en el desarrollo de una nación (es cosa de leer a Mauricio Rojas, por ejemplo); los que creían que confiscando bienes se lograba igualitarismo, ahora piensan que el acceso a la propiedad es el motor principal para la igualdad de oportunidades. Y esto no ocurre por una obstinada determinación de un dogma para convertir al errante romántico, solamente se da espontáneamente.
Ahora es importante, eso si, que las nuevas generaciones de políticos – quienes deban permitir el relevo de la estafeta del poder – no tomen con pronunciada literalidad las premisas de Dylan, ya que pueden ir en su contra. Si concebimos que las decisiones de los órdenes sociales sean plenamente espontáneas, no tendría sentido ir contra las determinaciones que anteceden a esta generación; sería volcar la voluntad histórica de la nación por la arrogancia de una oligarquía que subestima las aptitudes y capacidades de sus representados. La futuridad supone, necesariamente, la aceptación del pasado para avanzar en el presente.
Esta percepción de futuridad es la que contrasta las ideas de esta elección; algunos creen que negando la composición político-económica se puede avanzar al futuro, que confiscando derechos y libertades hacen una sociedad más igualitaria. Sabemos que nada de eso es cierto, que las sociedades prósperas son aquellas que creen en las posibilidades de las personas de surgir y de hacerse a si mismas – no subestimándolas –, que accediendo a la propiedad privada logran satisfacer sus necesidades materiales y que el Estado, como “ultima ratio”, tiene un rol posibilitante en función de quienes carecen de medios para lograr su libertad y bienestar material. Como diría Burke, “el pueblo no renuncia a su libertad sino bajo el engaño de una ilusión.”
La democracia, como forma de gobierno, se entiende como una expresión (no absoluta) de la libertad, la cual merece ser corregida en nuestro sistema institucional; no por extensión, sino por calidad (quienes creen – con profunda jactancia – que son los acreedores de “fuerzas progresistas y democráticas”, no saben la fatal contradicción que cometen por el hecho de incluir al PC; tienen plena conciencia que el comunismo, en esencia, es antidemocrático – la dialéctica marxista es vidente en torno al termino del orden social liberal –, pero saben que no pueden dejar pasar la posibilidad de traspasar la votación del liberticida de turno a su candidato).
Pero, ¿por qué calidad en la democracia?
Porque merecemos una generación de servidores públicos competentes, que concurran al proceso eleccionario con modestia, sin soberbias. Que quienes sean mandatados en este acto soberano sean únicamente los vencedores, no que acudan con los vencidos, y que – finalmente – las personas, voluntariamente, decidan sobre los designios de nuestro hermoso país. Las fuerzas políticas tendrán la premura, como ocurre en las naciones desarrolladas, de batallar por los votos de sus electores, y no al revés.
Todo cambia en esta existencia, cambia a tal punto que a esa misma generación de los ’60, la que Dylan convocaba a desplegarse contra lo establecido, se ha vuelto lo establecido. Han construido un “pensamiento único”, ese del cuál describía Sarkozy en su discurso en Bercy como “(…) el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás (…)”; y prosigue: “(…) ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad.” Ese mismo pensamiento – tal como un gusano cerebral – desplazó el imperio de la razón humana a una determinación constructivista de élites, dónde el mero capricho se tornó en un imperativo normativo.
Justo en estos tiempos, dónde hay una búsqueda por generar el miedo, de que nos hacen creer que la historia opera por retrocesión, es necesario permitir una mirada de Chile hacia el futuro. Portales – quién no era precisamente un campeón de la libertad – presagiaba, con una admirable lucidez, el futuro de nuestro país; decía, en una de las cartas dirigidas a José Manuel Cea, que “(…) cuando (las personas) se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos.” Ya no hay necesidad de moralizar a nuestros ciudadanos si creemos en una sociedad cuya libertad ejercita responsablemente.
Ahora bien, las nuevas generaciones de políticos tienen el siguiente desafío: avanzar sin desconocer la identidad de nuestra sociedad, entender que la política consiste – en esencia – en la limitación de los poderes estatales y permitir a todos los integrantes de nuestra comunidad la búsqueda de su propia felicidad, con igualdad de oportunidades. Su terreno será fértil cuando se manifiesten con optimismo, razón y libertad, porque habrán advertido oportunamente (y espontáneamente) que los tiempos están y estarán cambiando.
Diciembre de 2009.

jueves 17 de diciembre de 2009

Un problema de causa eficiente

Luego de las elecciones de este domingo pasado – más allá de los resultados electorales, tanto de presidentes como de parlamentarios –, no puedo dejar pasar de lado uno de los resultados sorpresivos para la comunidad nacional; la sentida pérdida en el distrito 21 del Presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Álvarez, versus la joven e inexperta Marcela Sabat.
En primer lugar, adhiero al mar de lamentaciones relativo a la derrota de Álvarez. He sido testigo presencial de la preparación intelectual que tiene y de su sentido no confrontacional de hacer política, como también he tenido el gusto de conocerlo. Personas como él, más allá de todo color político, hacen bien al país, puesto que su objetivo no es el mezquino dividendo político a través de la polarización (que lamentablemente han inoculado artificialmente en el país), sino que hace relucir una cualidad que podemos aspirar todos los componentes de nuestra sociedad: la capacidad de perseverar, de hacer bien las cosas y de comprometerse realmente con nuestro país.
Respecto a la diputada electa, percibo una insuficiencia argumentativa cuando se le ataca por su falta de capacidad o de habilidad política. Mal que mal, cumple los requisitos que nuestra Constitución dispone para optar a un cargo público como diputada, y si estableciéramos criterios – únicamente – curriculares en la elección parlamentaria, nuestra sociedad sería institucionalmente desigual respecto de quienes pudieron ser profesionales y los que no lo fueron, ya sea por una pésima educación, por falta de oportunidades, o bien por la falta de recursos (confunden meritocracia con aristocracia y plutocracia). No obstante, no por el hecho de que lo autorice nuestra norma constitucional queda satisfecho el argumento en favor de Marcela Sabat; y aquí me permito evidenciar lo reprochable de su candidatura – sin caer en la falacia de no tener currículo académico – con interrogantes que, aparentemente, se podrían aplicar por analogía al caso en cuestión:
- ¿Quién imaginaría que un electricista polaco lideraría un movimiento que significó la retirada de la URSS de su país?


- ¿Alguien se atrevería a pensar que un actor de cine se convertiría en el Presidente mejor evaluado de los EEUU?
Pues es evidente, a pesar del prejuicio cognitivo atribuible a estas personas respecto a su “supesta” falta de capacidad, siempre existió un motivo político que subyace por sus circunstancias de vida. Lech Walesa, en el primer caso, permaneció firme en los astilleros de Gdansk, esperanzado en que los sindicatos (considerados ilegales en esa época) volvieran a ser libres en la Polonia soviética, creando el movimiento “Solidaridad”. Nadie pensó que su causa, como también la de millones de polacos, concluiría en la apertura hacia una sociedad libre y democrática.
Al igual que Walesa, Ronald Reagan – el segundo caso – tiene su motivo en el sindicalismo, llegando a ser presidente de la SAG (Screen Actors Guild); pero Reagan fue más que un mediocre actor de cine con poder, fue una súbita expresión (y necesidad) de esperanza, valor, felicidad y, principalmente, de libertad en su país. Fue, sin dudas, un líder que le devolvió a su pueblo la dignidad de ser y sentirse estadounidenses, después de las nefastas incursiones de la administración Carter, tanto económicas como en política exterior (hay que recordar las concesiones de Jimmy Carter en Helsinski para la expansión soviética en Europa y la crisis de los rehenes en Irán).
Pues bien, a diferencia de Walesa o de Reagan, Marcela Sabat carece de un espíritu que antecede a su existencia política, aquello que los leguleyos describirían como una falta de “causa eficiente”. Sabat fue producto de una deliberada tesis de reemplazo, propuesta por las cúpulas de RN en dicho distrito (Ñuñoa-Providencia) para acallar los sables de algunos dirigentes de la UDI que veían con “malos ojos” un choque entre Rodrigo Álvarez (UDI) y Nicolás Monckeberg (RN). Ella jamás tuvo dominio de los hechos, ergo nada es de ella.
Lamentablemente, para quienes no votamos en el distrito 21, la óptica requerida para ver la política queda difusa y bastante opaca. El sentido común nos motiva a pensar – y aun previa filtración racional – que estamos frente a un caso de nepotismo puro y duro, dónde el poder resolutivo respecto a esta cuestión no radicó en un consejo distrital ni otro organismo colegiado, sino que recayó en una persona que cree que los atributos políticos son transmisibles o heredables. Pésimo afán para nuestra vilipendiada democracia.
De todas formas, no quisiera ser lapidario respecto a la diputada electa, Marcela Sabat. Espero, sinceramente, que la vida política transforme esa inexperiencia (que parece, a veces, incompetencia) en una verdadera vocación orientada al servicio público para permitir la búsqueda de las personas de su propia felicidad, con plena libertad.
Sabemos que la rutina parlamentaria se desenvuelve en un campo de Marte y, lo más probable, que la diputada tenga cabida en las trincheras políticas de su bancada (casi como en una trinchera en Somme); empero, sabemos cuales son los efectos que engendra esta batalla en las personas – como en toda guerra –: algunos se vuelven audaces, otros díscolos, unos cobardes, algunos corruptos, pero muy pocos se vuelven nobles y dignos de respeto entre sus pares y de la comunidad nacional (como el diputado Álvarez, por ejemplo). De Ud. depende, Srta. Sabat, encontrar la nobleza y respeto en atención a su dignidad; merézcala respecto de sus electores.
En todo caso, claro está, su “causa eficiente” nace el 13 de diciembre de 2009, nunca antes.


P.D. Ojo, la UDI tiene una enorme responsabilidad respecto a lo de Álvarez.
P: - “Si eres el mejor evaluado dentro de la cámara, ¿Cuál es el incentivo?”
R: - “Tirar a partir, sin gran respaldo, al distrito 21.”