Lo de Marco Enríquez-Ominami, sin dudas, es un fenómeno que trasciende, inclusive, a la temporalidad política de su figura. Pues, claro está, las candidaturas sobrevivientes de la primera vuelta han hecho suya su exhortación inicial: “¡a renovar la política!”
Si bien esa sentencia infunde un profundo optimismo y vitalidad para nuestra sociedad, pareciera que dicha iniciativa de renovación tiende a ser, generalmente, vacía, incompleta y poco esencial. Mientras existan liderazgos cuyas consignas sean vetustas como el acorazado Potenkim, esta efervescencia juvenil poco y nada va a impactar en las cúpulas políticas… Y suena triste.
En todo caso, nadie puede dudar de que las cosas estén cambiando, porque la política – como la veíamos ayer – hoy dejó de ser la misma; es cosa de ver que ella no transita en un solo eje (derecha vs. Izquierda), sino que nos permitimos apreciarla, al menos, en dos líneas: en lo moral (“conservador” o “liberal”) y en lo económico (“liberal” o “estatista”). Los matices son más claros ahora.
Pero, insisto, ¿qué pasó con los nuevos liderazgos?
Bob Dylan, cuando era una joven promesa del folk estadounidense, decía en “The times they are a-changin’”: “Vengan nuestros padres y madres alrededor de la tierra, y no critiquen lo que no pueden entender; sus hijos e hijas están sobre su mando. Rápidamente su viejo camino se está envejeciendo; por favor, aléjense del nuevo si no pueden dar una mano, porque los tiempos están cambiando.” ¡Que oportunas son estas palabras!
Los tiempos no son los mismos: aquellos quienes creían que el poder nacía del fusil – como decía Mao Tse Tung –, legitiman la democracia liberal para salvar diferencias; quienes pensaban que el Estado era la única solución de todos los problemas, ahora destacan el importante rol que tiene el mercado en el desarrollo de una nación (es cosa de leer a Mauricio Rojas, por ejemplo); los que creían que confiscando bienes se lograba igualitarismo, ahora piensan que el acceso a la propiedad es el motor principal para la igualdad de oportunidades. Y esto no ocurre por una obstinada determinación de un dogma para convertir al errante romántico, solamente se da espontáneamente.
Ahora es importante, eso si, que las nuevas generaciones de políticos – quienes deban permitir el relevo de la estafeta del poder – no tomen con pronunciada literalidad las premisas de Dylan, ya que pueden ir en su contra. Si concebimos que las decisiones de los órdenes sociales sean plenamente espontáneas, no tendría sentido ir contra las determinaciones que anteceden a esta generación; sería volcar la voluntad histórica de la nación por la arrogancia de una oligarquía que subestima las aptitudes y capacidades de sus representados. La futuridad supone, necesariamente, la aceptación del pasado para avanzar en el presente.
Esta percepción de futuridad es la que contrasta las ideas de esta elección; algunos creen que negando la composición político-económica se puede avanzar al futuro, que confiscando derechos y libertades hacen una sociedad más igualitaria. Sabemos que nada de eso es cierto, que las sociedades prósperas son aquellas que creen en las posibilidades de las personas de surgir y de hacerse a si mismas – no subestimándolas –, que accediendo a la propiedad privada logran satisfacer sus necesidades materiales y que el Estado, como “ultima ratio”, tiene un rol posibilitante en función de quienes carecen de medios para lograr su libertad y bienestar material. Como diría Burke, “el pueblo no renuncia a su libertad sino bajo el engaño de una ilusión.”
La democracia, como forma de gobierno, se entiende como una expresión (no absoluta) de la libertad, la cual merece ser corregida en nuestro sistema institucional; no por extensión, sino por calidad (quienes creen – con profunda jactancia – que son los acreedores de “fuerzas progresistas y democráticas”, no saben la fatal contradicción que cometen por el hecho de incluir al PC; tienen plena conciencia que el comunismo, en esencia, es antidemocrático – la dialéctica marxista es vidente en torno al termino del orden social liberal –, pero saben que no pueden dejar pasar la posibilidad de traspasar la votación del liberticida de turno a su candidato).
Pero, ¿por qué calidad en la democracia?
Porque merecemos una generación de servidores públicos competentes, que concurran al proceso eleccionario con modestia, sin soberbias. Que quienes sean mandatados en este acto soberano sean únicamente los vencedores, no que acudan con los vencidos, y que – finalmente – las personas, voluntariamente, decidan sobre los designios de nuestro hermoso país. Las fuerzas políticas tendrán la premura, como ocurre en las naciones desarrolladas, de batallar por los votos de sus electores, y no al revés.
Todo cambia en esta existencia, cambia a tal punto que a esa misma generación de los ’60, la que Dylan convocaba a desplegarse contra lo establecido, se ha vuelto lo establecido. Han construido un “pensamiento único”, ese del cuál describía Sarkozy en su discurso en Bercy como “(…) el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás (…)”; y prosigue: “(…) ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad.” Ese mismo pensamiento – tal como un gusano cerebral – desplazó el imperio de la razón humana a una determinación constructivista de élites, dónde el mero capricho se tornó en un imperativo normativo.
Justo en estos tiempos, dónde hay una búsqueda por generar el miedo, de que nos hacen creer que la historia opera por retrocesión, es necesario permitir una mirada de Chile hacia el futuro. Portales – quién no era precisamente un campeón de la libertad – presagiaba, con una admirable lucidez, el futuro de nuestro país; decía, en una de las cartas dirigidas a José Manuel Cea, que “(…) cuando (las personas) se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos.” Ya no hay necesidad de moralizar a nuestros ciudadanos si creemos en una sociedad cuya libertad ejercita responsablemente.
Ahora bien, las nuevas generaciones de políticos tienen el siguiente desafío: avanzar sin desconocer la identidad de nuestra sociedad, entender que la política consiste – en esencia – en la limitación de los poderes estatales y permitir a todos los integrantes de nuestra comunidad la búsqueda de su propia felicidad, con igualdad de oportunidades. Su terreno será fértil cuando se manifiesten con optimismo, razón y libertad, porque habrán advertido oportunamente (y espontáneamente) que los tiempos están y estarán cambiando.
Diciembre de 2009.